viernes, 25 de marzo de 2011

III Tercer Domingo de Cuaresma




AGUA VIVA.

UNA APROXIMACION AL DIALOGO INTERRELIGIOSO.

El texto estrella es el de la samaritana. Prácticamente, el capítulo cuarto entero del evangelio de Juan. El famoso episodio del encuentro de Jesús con la samaritana.

Algo que nos parece importante siempre que se comenta un texto del evangelio de Juan, es la apelación a su carácter simbólico peculiar. Juan no es un evangelio sinóptico, no es un texto narrativo, ni lo que nos cuenta es probablemente histórico. Juan es un evangelio enteramente simbólico, en el que los símbolos han sido extrapolados hasta desplazar a la realidad. En Juan no hay símiles, sino identificaciones: Yo soy la vid, le hará decir Juan a Jesús; no “yo soy como la vid”, no, sino que “soy la vid verdadera”, las demás vides -las de la realidad- no son verdaderas. “Yo soy el Pan verdadero”: el resto de los panes son... sucedáneos. Yo tengo el agua verdadera, la que “salta hasta la vida eterna”, la otra no quita la sed...

Al comenzar a comentar cualquier texto del evangelio de Juan es bueno recordar este estilo literario y simbólico enteramente peculiar de Jesús. Por respeto al público oyente sencillo, es conveniente recordar muy claramente que no estamos escuchando sencillamente la narración de una conversación tal como fue, sino que se trata de una sofisticada composición teológica, con intenciones muy profundas y a veces nada fáciles de detectar. Y que, claro está, se inscribe en el mundo mental e ideológico peculiar de Juan, enormemente alejado del nuestro, y que esta barrera cultural que nos separa del autor exige prudencia para no dar por válida cualquier conclusión.

De entre las muchas interpretaciones de que este texto puede ser objeto, nos vamos a fijar en dos dimensiones menos acostumbradas, y muy elocuentes para hoy: la superación de la religión y, consecuentemente, la apertura al diálogo interreligioso.

Está de moda el diálogo interreligioso en la teología y en el cristianismo en general. La situación del mundo actual no sólo lo posibilita sino que lo hace inevitable. El mundo actual está “barajado’ religiosamente. A diferencia del pasado, en el mundo actual las sociedades son plurales, cultural y religiosamente. Las migraciones, los intercambios y la misma «mundialización», hacen que todas las religiones se encuentran hoy diariamente con las demás, constantes e inevitablemente, mientras que durante milenios han vivido prácticamente aisladas, tan distantes, que cómodamente podían pensarse a sí mismas como únicas.

Jesús no vivió en este contexto pluralmente religioso como el nuestro, pero sí tenía que pasar por Samaria en sus viajes de Galilea a Jerusalén y viceversa. Este episodio simbólico del evangelio de Juan nos permite representarnos el comportamiento de Jesús respecto a este pueblo que, si bien no era propiamente de “otra religión”, era considerado incluso como más distante, por ser tenido como hereje o cismático.

Jesús dialoga con la samaritana, incluso por propia iniciativa. Juan no nos lo presenta como a la defensiva o sólo respondiendo. La iniciativa original, el acercamiento, es de Jesús.

Puede ser importante destacar que Jesús dialoga interreligiosamente porque tiene un transfondo de «teología pluralista de las religiones», diríamos en lenguaje actual, con evidente anacronismo. No es primero el diálogo, y después la teología de las religiones, sino al revés: porque se tiene una visión abierta de la relación entre las religiones, por eso es por lo que se puede dialogar interreligiosamente.

¿«Dónde hay que adorar, en Jerusalén o en Garitzín»?, le pregunta la samaritana. Es decir, ¿cuál es la religión verdadera? Y Jesús tiene una respuesta verdaderamente revolucionaria, que todavía no han asimilado los teólogos del pluralismo religioso. Jesús no dice que Jerusalén o Gartizín resulten opciones inválidas (religiones falsas), pero sí dice que quien quiera ir más al fondo («los verdaderos adoradores») no va a tener que ir ni a un lugar ni a otro, ni en una ni en otra religión, sino «en espíritu y en verdad», es decir, adentrándose verdaderamente en la «religación» profunda.

Es una respuesta revolucionaria: las religiones son relativas, hay algo más allá de ellas, a cuyo servicio están todas. No hay una religión absoluta, a la que todas las demás deban ceder el paso. La única religiosidad absoluta (la “única religación verdadera”) es la «adoración en espíritu y en verdad», más allá de una u otra religión.

Un autor como Thomas Sheehan (The First Coming: How the Kingdom of God Became Christianity, Random House 1986), sostiene que la novedad de Jesús consiste en la abolición de todas las religiones, de forma que podamos redescubrir nuestra relación con Dios (religación) en el mismo proceso de la creación y de la vida, en la historia. Puede asustar semejante afirmación, pero sólo de entrada. Recordando bien, sabemos que Jesús no «fundó» la Iglesia (es ésta la que se fundó después, y se fundó en Jesús). Jesús siempre se mantuvo judío, y nunca pensó en fundar otra religión, sino en todo caso en superarla. ¿Habrá sido el cristianismo una dimidiada inteligencia de lo que Jesús quería, aquello que luego cristalizó en el siglo IV en medio de los enormes condicionamientos históricos de aquella época marcada por un imperio en decadencia? ¿Será que hoy, en medio de una grave crisis de las religiones y particularmente de las instituciones religiosas, se nos presenta una nueva y mejor oportunidad de entender y poner en práctica el mensaje de Jesús? No sabemos, pero la vuelta a Jesús nos invita a reflexionar y discernir con humildad, y a buscar con paciencia.

Se extiende y se cita cada día más la distinción entre «religión y religación»... siendo lo importante lo segundo, la «religación» -sin atarse demasiado a su etimología-, mientras que la religión, las religiones, no serían más que formas concretas diferentes que esa dimensión profunda del ser humano ha adoptado a lo largo de la historia. Lo importante -es obvio- no son las formas, sino el contenido que vehiculan, la dimensión profunda a la que responden. ¿Y quién nos dice que esa dimensión profunda no puede asumir otras formas diferentes, o que no las está asumiendo ya, y que eso que llamamos crisis de la religión no es más que una transformación de las formas que la religación va a adoptar en el (próximo) futuro? Probablmente la crisis de la religión va a ser -o está siendo ya- la oportunidad de la religación.

sábado, 19 de marzo de 2011

II DOMINGO DE CUARESMA



LA VIDA: UN CAMINO DE FE

Gn 12,1-4ª: Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios
Salmo responsorial 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
2 Tim 1,8b-10: Dios nos llama y nos ilumina
Mt 17,1-9: La transfiguración

Abraham y Sara pertenecían a un clan de pastores seminómadas, de los muchos que buscaban pastos para sus rebaños lejos de las ciudades-estado que, por los años 1800 aC. se estaban organizando en Mesopotamia y a lo largo de las costas del Mediterráneo. Abraham fue uno de los muchos grupos que emigraban, lo mismo que hoy, «buscando la vida». En ese andar luchando por la vida descubrieron el llamado de Dios a dejarlo todo y fiarse de su promesa de vida. Dios promete a Abraham que será padre de un pueblo numeroso y que tendrá una tierra, la “tierra prometida”. Es lo que anhelan sus corazones, lo que necesitan para vivir una vida humana y digna. Hoy son muchas las “minorías abrahámicas” que siguen escuchando el llamado de Dios, que les invita a buscar nuevas formas de “vida prometida” para todos los hijos de Dios. Hoy también hay muchísimos desplazados por el sistema neoliberal globalizado, que crea marginación y expulsa a los más débiles de sus tierras. Son los nuevos Abrahán y Sara, que lo dejan todo en busca de la vida digna que se les está negando.

A Abraham se le considera «padre en la fe» de tres religiones importantes: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam.

La segunda carta de Timoteo nos asegura que la Palabra de Dios no está encadenada. Ella hace su propio camino en medio de los muchos caminos del pueblo. Aunque hagamos muchas lecturas interesadas de ella, el Espíritu siempre encontrará las formas de echarla a volar, sobre todo en manos de los que buscan mejores situaciones de vida en dignidad y justicia, como Abrahán y Sara, o como los desplazados de hoy. Todos ellos, minorías abrahámicas o mayorías desplazadas, están pronunciando con su vida el rechazo a este sistema excluyente que ha perdido la brújula, y que podría encontrarla con la Buena Noticia de Jesucristo.

La escena de la transfiguración que nos relatan los evangelios es también un símbolo de esas otras muchas experiencias de transfiguración que todos experimentamos. La vida diaria se vuelve gris, monótona, cansada, y nos deja desanimados, sin fuerzas para caminar. Pero he aquí que hay momentos especiales, con frecuencia inesperados, en que una luz prende en nuestro corazón, y los ojos mismos del corazón nos permiten ver mucho más lejos y mucho más hondo de lo que estábamos mirando hasta ese momento. La realidad es la misma, pero nos aparece transfigurada, con otra figura, mostrando su dimensión interior, esa en la que habíamos creído, pero que con el cansancio del caminar habíamos olvidado. Esas experiencias, verdaderamente místicas, nos permiten renovar nuestras energías, e incluso entusiasmarnos para continuar marchando luego, ya sin visiones, pero «como si viéramos al Invisible».

Todos necesitamos esas experiencias, como los discípulos de Jesús la necesitaron. Nosotros no podemos encontrarnos con Jesús en el Tabor de Galilea. Necesitamos buscar nuestro Tabor particular, las fuentes que nos dan fuerzas, las formas con las que nos arreglamos para lograr renovar nuestro compromiso primero, siendo la oración, sin duda, el más importante.

Reynaldo Rodrigo Roman-Diaz. SVD

sábado, 12 de marzo de 2011

I DOMINGO DE CUARESMA




Gn 2,7-9; 3,1-7: Creación, y pecado de los primeros padres
Salmo responsorial 50: Misericordia, Señor: hemos pecado.
Rom 5,12-19: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia
Evangelio: Mt 4,1-11: Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado

La primera lectura de este domingo reúne, resumidamente, dos importantes relatos bíblicos: el de la creación y el del pecado original. Son muy significativos, muy importantes, y hoy día, también muy problemáticos.

Es importante hacer recordar que estos textos, y todos los que forman el grupo de los once primeros capítulos del Génesis, que se refieren a los inicios de la «historia de la Salvación», han sido entendidos desde siempre de un modo literal. Todas las generaciones que nos precedieron en la fe los entendieron así. Seguramente que nuestros padres - y ciertamente nuestros abuelos- nunca pensaron otra cosa, y muchos cristianos actuales también lo piensan. Desde tiempo inmemorial, estos textos han fungido para muchísimas generaciones, como la fuente de su comprensión del mundo y de la historia. Las “coordenadas generales” que estos mitos trazan (Dios arriba, naturaleza abajo, un acto de creación, una creación distinta del ser humano, Dios que prohíbe comer el fruto del árbol, la desobediencia del ser humano que se convierte en el «pecado original» que transformará la suerte de toda la humanidad posterior, el papel especialmente importante de la mujer en este pecado, el enfado de Dios, su ruptura de relaciones con la Humanidad después de comer el fruto prohibido...), han sido para toda esa humanidad judeocristiana de los tres mil últimos años, el “paradigma” desde el que han entendido tanto el mundo, como a Dios, como a sí mismos, es decir, la realidad entera. Estamos ante unos mitos religiosos ante los que hay que descalzarse, como quien pisa tierra sagrada.

Es importante recordar también que hoy no creemos que estos relatos haya que entenderlos así, literalmente. Es decir: que hoy sabemos que la Biblia no puede decirnos cómo fue el origen del cosmos, ni el del ser humano. Que la Biblia no contiene mensajes de física, ni de química, ni de biología evolutiva, ni de geofísica o astrofísica... que nos informen sobre todos esos campos. Y que por tanto se puede ser cristiano y aceptar razonablemente lo que la ciencia nos dice hoy, incluidas las opiniones contrarias a tantas afirmaciones y supuestos incluidos en estos relatos bíblicos.

Es importante hacer caer en la cuenta de que esta nueva manera de entender los textos bíblicos no fue fruto de un descubrimiento fácil e ingenuo, sino una trabajosa intuición de los biblistas y teólogos, seguida de un difícil proceso de elaboración, y que durante todo ese tiempo hubieron de enfrentarse a la oposición y a la condena de las autoridades de sus respectivas Iglesias. En el campo de los católicos, apenas hace 100 años que Roma volvía a proclamar el carácter histórico de los once capítulos primeros del génesis, y reiteraba la condena a quien se atreviera a pensar lo contrario.

Todo cristiano medianamente formado puede tener su opinión sobre el origen del mundo, igual que puede tener sus opiniones en política, en medicina o en psicología, libremente, sin coacción, y sin que haya ninguna opinión oficial de la Iglesia en esos campos. Los relatos bíblicos están en otro plano, un plano simbólico, que no afecta al campo autónomo de la ciencia.

Hay que aclarar que hoy no sostenemos que el símbolo judeo-cristiano del llamado «pecado original» tenga un fundamento histórico. No hay por qué sostenerlo. Más bien resulta prácticamente imposible, por cuanto lo más probable es que no hubo un solo filón de surgimiento de nuestra especie y el poligenismo es hoy la opinión más común de la ciencia. La proclamación que la Iglesia católica hizo del monogenismo en el siglo pasado se debió al espejismo de pensar que el significado del símbolo del pecado original dependía efectivamente de un pecado histórico que habría cometido una primera pareja de la que descendemos absolutamente todos los hombres y mujeres.

Hoy día resulta del todo inverosímil -teológicamente hablando- todo el conjunto simbólico de la tentación y el pecado original: pensar que toda la humanidad esté en una situación de postración espiritual (que sea una «massa damnata», una multitud condenada, como decía san Agustín) a raíz de un supuesto primer pecado de una supuesta primera pareja, y pensar que debido a él Dios rompió sus relaciones con la Humanidad, y que esa ruptura no sería solventada sino con la sangre de la muerte en cruz del Hijo de Dios, tal y como ha sido presentado por la tradición más común y constante del cristianismo, resulta hoy inaceptable, y que por tanto deben sentirse aliviados todos los que se sienten incómodos ante las acostumbradas explicaciones homiléticas al respecto, tan parecidas a las catequesis infantiles que recibimos cuando fuimos niños.

Otras varias salvedades y comentarios críticos también muy importantes se podrían hacer entre los temas implicados en esos dos grandes relatos bíblicos que han sido juntados en la primera lectura de este domingo (por ejemplo sobre la «transcendencia» de Dios que ahí se presenta como obvia, sobre la imagen misma de “theos”, la visión negativa de la realidad que conlleva la creencia en un primer «pecado primordial», la terrible culpabilización e inferiorización de la mujer causada por ese texto...).

No se pretende que esta lista de advertencias críticas sea el contenido de una homilía, sino simplemente un trasfondo crítico a tener en cuenta a la hora de hablar de las “tentaciones” y del “pecado”.

Es importante que digamos claramente, e insistamos, en que se puede ser cristiano y ser persona de hoy en sus opiniones científicas. Y que hay otras formas de hablar del la realidad del mal y del pecado, que la de tomar como única referencia unos mitos religiosos elaborados hace dos milenios y medio.

Finalizamos diciendo que ya que tantas veces hemos insistido en el pecado original y en sus fatales consecuencias para toda la humanidad, sería bueno compensar esa actitud refiriéndonos a lo que hoy intuye la teología de frontera: que, más bien, lo original no fue un pecado, sino una bendición.

martes, 8 de marzo de 2011

MIERCOLES DE CENIZA 2011


“RENACER DE LAS PROPIAS CENIZAS”

Hoy es miércoles de ceniza y comenzamos la Cuaresma con este signo de conversión. Pero realmente las cenizas no son una imagen agradable, nos recuerdan cosas negativas, restos de un incendio que lo ha destruido todo, ruinas, desolación.

También en nuestras vidas puede haber “cenizas”, no tanto físicas, cuanto interiores, restos de algo que nos ha “quemado” por dentro. La situación de crisis que estamos viviendo está dejando a muchas personas “reducidas a cenizas”: los desempleados cada vez son más, los encarcelados no encuentran vías de rehabilitación, los extranjeros viven marginados, los débiles no son apoyados, las familias se rompen, los proyectos de vida se ven truncados, nuestros jóvenes no ven norte ni futuro. Además, las cenizas crean contaminación. Vivimos en un mundo insostenible por nuestro modo de vivir irrespetuoso con el medio ambiente. Y la contaminación hace crecer las enfermedades y reduce la calidad de vida de las personas que habitamos este planeta. La ceniza, hoy, nos recuerda nuestro pecado, nuestra insolidaridad, nuestro egoísmo e individualismo. Necesitamos la conversión, necesitamos cambiar, no volver a cometer los mismos errores. Necesitamos “renacer de nuestras propias cenizas”.

Esa es precisamente la llamada que Dios nos hace en este tiempo de Cuaresma. Un tiempo que se repite todos los años como signo de purificación, de limpieza, de recuperación. Un tiempo en el que Dios nos ofrece salidas para sacar nuestras vidas de las “cenizas”. Sólo Él puede hacerlo, sólo si confiamos en Él, sólo si estamos dispuestos a hacer ese esfuerzo de conversión que nos pide este tiempo, y la misma vida que estamos viviendo.

La Palabra de Dios, que siempre es guía para nuestro caminar creyente, nos dice que la conversión es algo que nace del corazón, que no sirve hacer gestos y cosas exteriores si no tienen eco en nuestro interior. “Rasgad los corazones, no las vestiduras”, dice el profeta Joel en la primera lectura. Por mucho que hagamos en este tiempo de Cuaresma, si no nos cambia interiormente, sino limpia las “cenizas” interiores de nuestra vida, no sirve de nada.

El Evangelio nos habla de ayuno, de oración y de limosna. Eran las tres obras de piedad por excelencia para el pueblo judío, y al cumplirlas se aseguraban el estar bien con Dios. Pero Jesús viene a decir que, además de cuidar la relación con Dios, hay que preocuparse también de las necesidades de los hermanos. La parroquia nos propone, en esta Cuaresma, ayudar a las necesidades de los hermanos más pobres a través de la recogida de alimentos. La solidaridad es la mejor manera para superar esta crisis, y en esto los cristianos tenemos que dar nuestro mejor ejemplo, como lo hace nuestra Iglesia, cerca de los pobres, al estilo de Jesús.

No echemos en “saco roto” nada de esto, nos dice San Pablo. Tenemos una gran oportunidad para cambiar nuestros corazones y apostar por la solidaridad. La ceniza de este día se verá limpiada con el agua bautismal en la Vigilia Pascual. Comenzamos un camino de conversión, aprovechémoslo. El Señor nos invita a “renacer de nuestras cenizas”. Acojamos su invitación.

Seamos como el ave fénix que renace de las cenizas para seguir a nuestro salvador Jesús que nos llama a seguir su camino, su verdad y su vida.

Reynaldo Rodrigo Roman-Diaz. SVD

viernes, 4 de marzo de 2011

IX Domingo del Tiempo Ordinario


En la primera lectura se nos presenta un fragmento de ese gran discurso de despedida de Moisés que viene a ser el libro del Deuteronomio. Es concretamente una exhortación que habla de la maldición o la bendición que se derivan seguir o no seguir a Dios en fidelidad. En la liturgia el texto se utiliza con frecuencia para expresar esa libertad que tenemos para elegir entre el bien y el mal.

Somos libres. La libertad es uno de nuestros grandes dones constitutivos. Podemos elegir nuestro estilo y sistema de vida; pero debemos ser conscientes del costo de nuestra libertad de opción. Toda elección es a la vez una renuncia: elegimos una opción gracias a que desechamos las demás que nos eran posibles. No es posible elegir sin renunciar. Y no podemos dejar de optar ni de dejar de renunciar. Es el riesgo de vivir, porque el mero hecho de vivir es elegir, y renunciar. Es decir: nuestra vida no está hecha: la tenemos que hacer, y la hacemos optando, continuamente, día a día. Al ritmo de cada elección. Aunque hay que distinguir cuidadosamente entre opciones y opciones, entre las opciones que comprometen un acto, un rato, un día, una semana... y las que comprometen nuestra vida a largo plazo, o el estado de vida, el tipo de trabajo o la profesión (cuando se puede elegir...); y, aun por encima de estas grandes opciones, queda todavía nuestra «opción fundamental», algo que no queda negado simplemente por un error o un acto menor contrario.

Por lo que se refiere a Dios, él ya hizo sus opciones fundamentales, que deben ser nuestra guía existencial: por el Amor, por la Justicia, por el Mundo, por toda la Vida y por la vida plena, por la Comunión universal...

Pablo se mueve en un mundo espiritual, en unas categorías que ni son las nuestras ni nos resultan fácilmente inteligibles. Dice que por medio del sacrificio Dios ha justificado a la humanidad, la cual, por muchas leyes y cumplimiento de preceptos que hiciera por sí misma, no sería capaz de justificarse, de salvarse... Quiere que los creyentes piensen que gracias a la gratuidad del amor del Padre somos herederos de la salvación... Un elemento importante será la fe, la cual es capaz de interpretar y leer la acción cotidiana de Dios a nuestro favor en la historia, en la cual, afirma, definitivamente justifica sin distinción a todos los que creen. Él está reaccionando ante la polémica judía de la «salvación por medio de las obras o por medio de la fe», que hoy nos resulta irrelevante.

El evangelio de hoy, de Mateo, nos presenta la sección final del largo sermón de la montaña. Todo el fragmento que hoy leemos está centrado en el tema de «la primacía del hacer sobre el decir». Es un evangelio con el que sintoniza inmediatamente la cultura moderna, que en los últimos siglos ha sido, fundamentalmente, «filosofía de la praxis»: aunque todo es importante, lo más importante no es el decir, el pensar, el interpretar o reinterpretar, sino el hacer, el construir, el amar efectivamente y el amar con eficacia; no simplemente el decir, o el invocar a Dios, el rezar, ni el culto... sino «hacer la voluntad de mi Padre», llevar adelante el «Proyecto de Dios».

En esto, Jesús recoge y potencia el mensaje que ya elaboraron y anunciaron los profetas, varios siglos antes de él. Fue en el llamado «tiempo axial», cuando, en varias zonas dispersas de la Humanidad, más o menos «simultáneamente», se dio un «crecimiento de la conciencia religiosa». Esta percepción de la primacía del hacer sobre el decir, de la praxis sobre la teoría, del amor-justicia sobre el culto... es tal vez una de las aportaciones más claras que el judaísmo hizo a ese concierto universal de la maduración de la humanidad en el llamado «tiempo axial». De esa madurez hemos estado viviendo en los casi tres milenios transcurridos, aunque hoy todo parece estar indicando que estamos entrando en un nuevo tiempo axial, que exige a la humanidad nuevos «saltos cualitativos» de maduración

Estos nuevos saltos cualitativos que esperamos, no invalidarán aquellos ya dados, sino que, simplemente, los prolongarán y profundizarán. Mientras, la lección de la sabiduría adquirida por la humanidad sigue vigente, y el evangelio de hoy se encarga de recordárnoslo.

Los profetas clásicos de Israel pusieron el amor-justicia, o sea, la construcción de una sociedad humana, justa y feliz, por encima de una religiosidad cultualista (que privilegia el culto) o espiritualista (que se preocupa de lo espiritual en vez de lo material) o intimista (que prefiere la vivencia interior por encima de las implicaciones sociales). «”Misericordia” quiero (o sea, práctica del amor-justicia), no “sacrificios” (sacrificios ofrecidos en el culto, se entiende)», decía paradigmáticamente Oseas (6,6). Jesús, en otra parte del evangelio, pero sobre todo en su vida y en el conjunto de su predicación, recoge y vuelve a proclamar vivamente este mensaje profético, del que el judaísmo tardío se había ido apartando a favor –de nuevo- del cultualismo y del legalismo.

Esta dimensión del amor-justicia vivido con eficacia histórica y privilegiado por encima del cultualismo, intimismo o doctrinarismo, es tal vez el principal legado de la corriente judeo-cristiano-islámica al concierto universal de las religiones, y se originó en ese primer «tiempo axial» del milenio anterior a Jesús, el tiempo clásico de los grandes profetas de Israel. Jesús, como decimos, lo retomó, lo hizo suyo y lo proclamó con prioridad. Pero a lo largo de los siglos siguientes, sobre todo a partir de que el cristianismo fuera cooptado por el Imperio romano y fuera transformado en su «religión» de Estado, esta dimensión esencial pasó a la penumbra, a favor sobre todo del doctrinarismo (dimensión teórica y ortodoxia) y del sobrenaturalismo (segundo piso, metafísica, la «gracia sobrenatural» que se adquiere principalmente por el culto de la religión...). La teología de la liberación significó un intento de recuperación de la dimensión perdida; por eso concitó tales animadversiones. Pero su servicio ha sido irreversible: aun sus máximos opositores no pueden dejar de reconocer su influencia y su desafío.

La palabra de Jesús del evangelio de hoy sigue ahí, trayendo el mismo desafío, en plena sintonía con la sensibilidad actual