sábado, 5 de febrero de 2011

V Domingo del Tiempo Ordinario

LA MISION DE LOS CREYENTES: SER SAL Y LUZ PARA EL MUNDO

Las lecturas de hoy tienen como tema central la justicia de Dios, expresada plenamente en el amor misericordioso para con el prójimo. El relato que leemos del profeta Isaías se enmarca en el contexto del ayuno, en donde se realiza una fuerte crítica al pueblo de Israel por sus prácticas religiosas desarticuladas de la fe y la justicia con los pobres. El profeta llama a realizar el verdadero culto a Yahvé, ligado íntimamente con la justicia y la misericordia. Las diferentes prácticas religiosas deben salir del corazón y deben dar el fruto de una verdadera justicia social, concretizada en el compartir del pan con el hambriento, en la solidaridad con los que sufren, en preocuparse visceralmente por los hermanos pobres, pues en ellos, en los abatidos, en los mal vistos, es donde el mismo Dios se revela; es en ellos donde la luz de Dios se hace presente; es donde el Dios de Israel verdaderamente habita.

En relación con lo anterior, Pablo expresa a los corintios que el misterio de Dios anunciado por él no se fundamenta en la sabiduría humana, sino en el mismo Señor crucificado, lo cual significa que es Dios quien ha actuado en Pablo y en la comunidad. Es relevante que Pablo se refiera a la cruz de Cristo como el elemento esencial de su predicación. Con ello quiere hacer presente el verdadero rostro de Dios que se revela no a los sabios ni a los poderosos, sino a los más vulnerables de la sociedad. De ahí que el anuncio de la Palabra transformadora de Dios no pertenezca al mundo de la sabiduría humana, sino a la fuerza salvífica del Espíritu de Dios; es decir, que la fe y su debido comportamiento moral, sintetizado en la justicia y en la misericordia, sea una iniciativa exclusiva de Dios, una acción liberadora que penetra en el corazón del ser humano y que lo empuja a actuar de una manera coherente con la Palabra escuchada. Por tanto, el anuncio del misterio de Dios realizado por Pablo a la comunidad griega de Corinto es su propia experiencia de Cristo; lo que realmente anuncia es la vivencia de ese mensaje.

El evangelio de hoy, de Mateo, expresa cuál es la misión de los creyentes de todos los tiempos: ser sal y luz para el mundo. Tanto la sal como la luz son elementos necesarios en la vida cotidiana de las familias. La sal da sabor a las comidas, conserva los alimentos, purifica; en la antigua Palestina servía para encender y mantener el fuego de los hornos de tierra. Por su parte, como es sabido, la luz disipa las tinieblas, ilumina y orienta a las personas; es la metáfora perfecta que emplea el AT para hacer referencia a Dios; y es la tarea de los profetas y en especial la del Mesías: ser luz de las naciones (Is 42,6). Sal y luz, entonces, hablan de la tarea del seguidor fiel de Jesús: Expresar la fe, su integración con el proyecto de Dios a través del testimonio de vida, a través de las buenas obras, de los buenos frutos; tiene la misión de mantener el sabor y la luminosidad de la Palabra de Dios en todo tiempo y lugar del mundo --empresa que únicamente se logra por medio de una conciencia plena de la necesidad de fomentar en la comunidad mundial la justicia y la solidaridad entre los hermanos.

¿Y cuando la Iglesia no es «luz del mundo», sino que también aporta su oscuridad, el pecado de sus fieles y hasta de sus sacerdotes, y la falta de renovación para ser sal de la tierra? También hay que preguntarse eso. Porque la frase del evangelio no es una declaración dogmática que nos haga inmunes al mal... El mal y el pecado también se adentran en nuestras vidas, y en la del colectivo eclesial, y hace falta coraje para verlo, para reconocerlo, y para combatirlo. Combatir el mal, también cuando lo vemos dentro de nuestra propia Iglesia, es un deber. No es mayor amor el de que prefiere callar... Ciertamente que la denuncia del mal de la Iglesia tiene que ser por amor, pero un amor probablemente conflictivo, que encontrará resistencias. Pero el amor no es capaz de callar de forma cómplice, cuando se siente en la obligación de combatir el mal, precisamente por amor.

Reynaldo Rodrigo Roman-Diaz. SVD

sábado, 27 de noviembre de 2010

Primer Domingo de Adviento

ESTEN PREVENIDOS...

Hoy comienza el «año litúrgico», que no coincide con el año civil, ni con el curso lectivo, ni tal vez con el «ejercicio económico anual» de tal ramo de empresas... El año litúrgico es una periodización propia de la Iglesia católica.

Comienza con el tiempo de «adiviento», uno de los varios que lo componen... «Ad-viento», apócope de «advenimiento», significa venida, y alude a la venida de Cristo, que, bíblicamente hablando, son dos: la que ya tuvo lugar, que celebraremos en Navidad, y la futura, la llamada «segunda venida» de Jesús, «en poder y majestad», que pondrá fin al mundo, inaugurará el «juicio final» o «juicio de las naciones», y abrirá la era definitiva, el «nuevo eón», la vida eterna beatífica para los salvados, y el sufrimiento en el infierno para los condenados. Todo ello, dicho en el lenguaje clásico tradicional, para situarnos.

Pero, ¿qué creemos realmente de todo ello? ¿Qué creemos de todo ello sólo simbólicamente, evocando otro significado que el literal?

Los dos últimos capítulos del evangelio de Mateo forman el llamado «discurso escatológico» de Jesús. El evangelista pone, agrupa en su boca los dichos «escato-lógicos», o sea, los que se refieren al final (del mundo). Ya sabemos hermenéutica bíblica y no vamos a entrar en el tema de la historicidad de esos dichos en cuanto efectivamente dichos por Jesús. Bien pudiera ser que Jesús expresara estas u otras ideas semejantes, porque Jesús estuvo inmerso en la mentalidad religiosa y cultural de su época -igual que dijo que Dios «hace salir el sol» sobre justos y pecadores, porque participaba de la visión cosmológica precopernicana-. Pero la pregunta importante para nosotros es: ¿debemos creer nosotros hoy la «descripción del final» propia de esa visión apocalíptica? ¿Creemos efectivamente que Jesús vendrá de nuevo, tal vez pronto, y con semejantes consecuencias?

El popular Richard DAWKINS, que se ha hecho muy popular con su combate crítico a las creencias religiosas, confiesa que queda «abatido alconstatar que el 50% de los estadounidenses cree que el mundo tiene apenas 6 mil años», y añade: «La única superpotencia mundial actual está a punto de ser dominada por electores que creen que el universo entero comenzó después de la domesticación del perro. Creen también que serán personalmente ‘arrebatados’ a las alturas celestrianes todavía en el tiempo de su vida, hecho que será seguido por un Armagedón muy bienvenido como heraldo de la segunda venida de Cristo». Sam HARRIS por su parte (Letter to a Christian Nation), aduciendo encuestas del Instituto Gallup, sustiene que «nada menos que el 44% de la población estadounidense está convencida de que Jesús va a volver para juzgar a los vivos y a los muertos, en algún momento de los próximos cincuenta años». «Imagine usted las consecuencias, si algún miembro significativo del gobierno estadounidense realmente creyese que el mundo está pronto a acabar de esta manera... El hecho de que casi la mitad de la población de EEUU crea en eso, en base simplemente a un dogma religioso, debe ser considerado una emergencia moral e intelectual». Dawkins, que prologa el libro de Harris, añade que hablar de una «emergencia moral e intelectual» tal vez es muy moderado.

Efectivamente, aunque hayamos olvidado historias pasadas de los muchos movimientos milenaristas de siglos pasados, hoy sabemos bien de consecuencias terribles actuales de las creencias religiosas que derivan en violencia y terrorismo por motivaciones religiosas verdaderamente apocalípticas, tanto de un signo como de otro. Las creencias religiosas, sobre todo su interpretación, no son un mero «asunto privado» de cada quien. Qué crean los norteamericanos electores del gobierno de la mayor potencia militar del mundo, para mí no es simplemente un «asunto privado» de ellos. Qué crean y piensen sobre el final del mundo y sobre la intervención y el dominio que Dios tiene sobre nuestro modo de gestionar este mundo, no es un asunto religioso privado del que la sociedad no deba preocuparse, porque, en determinadas circunstancias, puede llegar a ser verdaderamente «una emergencia moral e intelectual». Pensemos también en la cantidad de creyentes de pequeñas iglesias «libres» que se multiplican entre masas de población que viven en sectores de pobreza o miseria, y en las creencias fundamentalistas que difunden... ¿No son realidades de interés público, tal vez de salud pública, o incluso de «emergencia moral e intelectual»?

Casi con toda seguridad, los lectores de este comentario bíblico no están en esas penosas situaciones religiosas que acabamos de aludir. Pero es bien probable que no sepan bien qué decir ante el evangelio de hoy: ¿seguimos creyendo en una «segunda venida de Cristo»? Probablemente no creen en su inminencia, ni en su carácter «apocalíptico», ni en Armagedón y sus amenazas... pero no han decidido si seguir creyendo o no en «la segunda venida de Cristo». Mientras no lo decidan críticamente -mientras no personalicen su fe, en ese sentido- seguirán creyendo con la creencia tradicional (confiarán una parte importante de suvida a esa creencia), de que lo más profundo de la realidad es que es el plan de un Dios que quiso crearnos y ponernos una prueba, y que esa «segunda venida» será el paso a la definitiva vida eterna. Eso es lo que significa la «segunda venida».

Ocasiones como ésta, del domingo que inaugura el Adviento (advenimiento, venida), que pone ante nuestros ojos meditativos esa segunda venida, son, deberían ser, una ocasión para «coger el toro por los cuernos» y abordar estos temas, sin contentarse con darles en la homilía simplemente varios «pases» litúrgicos que lo utilizan simbólicamente, sin responder ninguna de las preguntas que pasan por la mente de los oyentes.

La esperanza ha sido considerada clásicamente como la virtud típica del Adviento, la dimensión de nuestra vida en la que meditar, la fuerza personal que cultivar especialmente en estas cuatro semanas. Como el pueblo de Israel y tantos otros pueblos vivieron la historia como un caminar iluminado por la esperanza del encuentro con Dios, el adviento nos invita a considerar nuestra vida como un caminar que no podemos sobrellevar sino con la fuerza de la esperanza. ¿Cuál es el peso de la esperanza en nuestra vida?

Tal vez, en el ambiente de nuestra ciudad o de los medios de comunicación... ya se ha instalado la publicidad navideña. Para el comercio, adviento significa bombardeo publicitario prenavideño, una navidad que, para ellos, no sería tal sin un aumento del consumo en todos los campos. Un cristianismo coherente no debe caer en en la trampa del mensaje de tanto signo aparentemente religioso que lo que pretende es solamente hacernos consumir.

La primera lectura, de Isaías, una de cuyas frases -la de la conversión de las lanzas en podaderas- fugura en el vestíbulo del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, expresa bien la dimensión terrena de la utopía de esperanza que animaba a los profetas: un mundo reconciliado, en la paz de la convivencia y el trabajo, superadas las guerras y las preparaciones para las guerras -los arsenales de armas y las maniobras militares-. Por ser parte del Primer Testamento, a Isaías le falta la visión universalista: ni el «final» ni mucho menos el «fin» sean que la Humanidad caminen hacia el monte de Sión, sino simplemente hacia la Utopía de Dios, sea cual sea el monte sagrado de su religión.


REYNALDO RODRIGO ROMAN-DIAZ. SVD

sábado, 16 de octubre de 2010

Domingo XIX del Tiempo Ordinario


DIOS HARA JUSTICIA A SUS ELEGIDOS QUE CLAMAN

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello deberían ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayando en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque así no suele suceder siempre en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticia legalizada? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –al menos no ejerce-, sino débil, sufriente, “padeciente”; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.

A quienes tienen una mentalidad moderna, en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera» y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, la oración clásica de petición se les ha ido transformando en su sentido. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter egoísta, y su intención de «utilizar a Dios», «servirse» de él más que de servirle. Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros» y le vemos menos sentido a estar recurriendo a él a cada instante. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi Deus non daretur» (Grotius), como si dios no existiera. O, como dijo Bonhoeffer: nos sentimos llamados a vivir ante Dios pero sin dios, un dios que quiere nuestra responsabilización adulta.

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero otro sentido que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba» que puede mejorarnos la salud o facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración.

Con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición, aquella en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (influirle, hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresarnos ante Dios y ante nosotros mismos nuestras inquietudes, como un desahogo personal, como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de buscar esa voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito bastante y lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes.

Reynaldo Rodrigo Roman-Diaz.SVD

jueves, 7 de octubre de 2010

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario


LA LEPRA Y EL SENTIDO DE EXCLUSION

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel respectivamente- existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. "Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)", dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra "samaritano" constituía una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Esta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo los de dentro, los de la comunidad, «los de la parroquia», o «los católicos»... somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Con frecuencia hay gente mucho mejor fuera de nuestras iglesias, y en otras iglesias, en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente uno venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano.

Por otra parte, utilizar en la liturgia relatos bíblicos sobre la realización de milagros y, por tanto, tomarlos como plataforma sobre la que montar una reflexión cristiana que oriente nuestra vida actual, resulta problemático por varios conceptos. En primer lugar porque hoy dudamos seriamente de su veracidad histórica, incluso de la de muchos de los milagros atribuidos a Jesús. Pero también y sobre todo porque, aunque fueran muchos menos los milagros que los expertos bíblicos consideran «históricos», los milagros en sí mismos resultan incomprensibles para la mentalidad moderna posterior a Newton, en la que se abandona la visión pre científica de un mundo con un segundo piso superior desde el que los dioses vigilan e intervienen alterando el orden natural de las cosas. En la mentalidad moderna, los relatos religiosos sobre milagros tienen algo en común con la literatura de ficción.

Sólo simbólicamente -más allá pues o al margen de la historicidad o de la ficción- puede extraerse algún mensaje provechoso sobre el relato de la curación de Naamán (leyéndolo entero, no en el extracto que toma la liturgia de este domingo). Y otro tanto ocurre con el relato de hoy de la curación de los leprosos: fuera del valor ejemplarizante del agradecimiento precisamente del samaritano, poco nos aporta ver a Jesús haciendo ese tipo de milagros, que incluso nos lo alejan de la realidad de su entera y perfecta humanidad.

Lo cual sugiere lo que tantos están diciendo: ¿no es necesaria otra selección litúrgica de textos bíblicos en el actual ordenamiento del año litúrgico? Es cierto que la actual, que no tiene todavía cincuenta años, mejoró en mucho la anterior; pero los tiempos cambian -y nosotros con ellos-, y cunde la sensación de que la actual selección necesita una actualización importante. No se tratará sólo de seleccionar textos bíblicos mejores, sino de ampliar los criterios de selección (¿sólo textos bíblicos?), de superar la uniformidad obligatoria (¿todas las comunidades, en toda la Iglesia, cada domingo y cada día con los mismos textos?), de utilizar inteligentemente la liturgia también como vehículo de formación (con una ordenación sistemática que permita un itinerario formativo teológico, por ejemplo), de abrir la posibilidad de una liturgia experimental con símbolos y lenguajes nuevos (para los muchísimos, sobre todo jóvenes, que ya no tienen la mínima tolerancia a la simbología litúrgica medieval actual), de abrir la posibilidad al enriquecimiento inter-religioso de formas de cultivo de la espiritualidad...

Si nadie lo dice, si nadie da voz al malestar que se percibe al respecto, seguiremos indefinidamente como estamos. Nosotros queremos decirlo; por lo menos decirlo. En todo caso, una forma de colaborar a hacerlo saber a quién corresponde, es la de tomarse la libertad de cambiarlos, allá donde las condiciones de la comunidad lo permiten o quizá incluso lo aconsejan. El ordenamiento litúrgico de los textos, no es -ni de lejos- un dogma de fe, y supuesta la pervivencia de un ordenamiento oficial universal, debiera ser facultativa la posibilidad de acomodarlo en las comunidades locales. Porque el ordenamiento litúrgico es para la comunidad, y no ésta para aquél.


Reynaldo Rodrigo Roman-Diaz. SVD